IVLa que cambia
A la mujer que está atravesando un umbral
Te escribo a ti, que estás en mitad de algo y todavía no sabes muy bien qué es. Te escribo despacio porque lo que estás viviendo merece despacio. No es una crisis, aunque a veces lo parezca. No es un desplome, aunque algunas mañanas te lo sientas así. Es algo más profundo, más antiguo, más femenino: estás cambiando.
Quizá te has separado, o estás a punto. Quizá has perdido a alguien que te sostenía sin saberlo. Quizá tu cuerpo ha empezado a hablarte —con sus reglas distintas, con sus calores, con esa niebla mental que no es tuya, es química—. Quizá los hijos se van haciendo mayores y te dejan más sola de lo que esperabas. Quizá el trabajo que construiste con tanto esfuerzo ya no te representa. O quizá no ha pasado nada concreto, solo sabes que la versión anterior de ti misma se está despidiendo, y la nueva todavía no ha llegado del todo.
Lo que vives tiene un nombre antiguo en muchas culturas: se llama umbral. Es ese pasillo entre dos vidas, donde no eres ya la que eras y todavía no eres la que serás. Los umbrales son territorios sagrados en casi todas las tradiciones del mundo. Pero la nuestra los ha vaciado de sentido. Te dicen que tienes que superarlo, que tienes que volver a la normalidad, que tienes que pasar página. Te dicen barbaridades, aunque las digan con cariño.
Sé que hay días en los que el peso de no saber quién eres es muy difícil de llevar. Que lloras en momentos extraños —en el supermercado, en el coche, viendo un anuncio—. Que tu humor cambia sin previo aviso. Que te enfadas con cosas pequeñas y te ternura te invade con otras. Que duermes mal, o demasiado. Que tienes la sensación de estar viviendo en una pausa que se alarga, y de que el resto del mundo sigue funcionando mientras tú estás detenida.
Quiero decirte algo importante: los umbrales no se cruzan a la fuerza. Se atraviesan despacio, acompañada, dándose tiempo. Las mujeres que intentan saltarlos —llenando la agenda, empezando una pareja nueva, mudándose de país en quince días— suelen volver al mismo punto al cabo de un año. Las que se permiten atravesarlos despacio salen al otro lado siendo mujeres más grandes, más enteras, más reales.
Lo que necesitas no es resolver nada. Es acompañarte. Necesitas tiempo, paisaje, soledad y presencia sutil al mismo tiempo. Un sitio donde puedas llorar si te apetece y nadie te diga "venga, anímate". Un sitio donde caminar durante horas sin objetivo. Un sitio donde puedas escribir si te ayuda, dormir si tu cuerpo lo pide, mirar el mar o el monte durante toda la tarde sin sentir que pierdes el tiempo.
Imagina una casa pequeña en mitad de la naturaleza. Una mesa de madera donde puedes desayunar lento. Un cuaderno —si quieres escribir— o ningún cuaderno —si no—. Caminos para perderse, suelos para tumbarse, ventanas grandes. Siete días en los que nadie sepa nada de ti, en los que nadie te pida nada, en los que puedas ir despidiendo lo que tienes que despedir y dejando entrar lo que está llegando. Sin prisas. Sin culpa. Sin que nadie te diga cómo deberías estar.
El test ha revelado para ti la estancia llamada Renacer: siete días en un hotel cuidadosamente elegido para mujeres en pleno tránsito vital. Naturaleza acompañada, le llamamos. Porque no estás sola, aunque estés sola.
Si sientes que es el momento, escríbeme. Y si todavía no, guarda esta carta para cuando lo sea. El umbral espera. Y yo también.
Una mujer que también está cambiando
Volver a Ella